Ante la saturación de videos generados con Inteligencia Artificial, cada vez es más difícil distinguir la realidad.
Pero el problema no es solo tecnológico, es biológico.
El cerebro humano lleva miles de años diseñado bajo una regla de supervivencia básica: «Ver para creer». Si mis ojos lo ven, es real.
Esa regla se acaba de romper.
Históricamente, un video o una grabación de voz eran pruebas irrefutables. Hoy, son motivo de duda razonable. Hoy podemos ver cosas imposibles con una calidad hiperrealista.
¿La solución ante esta crisis de realidad?
Tenemos que re-entrenar nuestro criterio. La única defensa es dejar de confiar ciegamente en el contenido (que es 100% falsificable) y empezar a verificar rigurosamente la fuente y su trazabilidad digital.
En este nuevo entorno, la reputación de la marca o del emisor vale más que mil imágenes impactantes.
Si tus ojos ya no pueden validar la verdad, asegúrate de que quien te la envía sea confiable.
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